“Es como en las películas…”, pensó. Y quiso reír, pero su rostro sólo pudo reproducir una mueca retorcida en lugar de una sonrisa. Seguía andando sin mirar atrás. ¿Qué otra cosa podía hacer sino? Ya casi había llegado a casa y sabía que, una vez cruzara el portal de su bloque, se sentiría a salvo de nuevo. Que toda la ansiedad y el agobio que sentía en estos momentos se desvanecerían como el humo. Que se atrevería a mirar hacia atrás de nuevo, sin miedo alguno a lo que encontrara…

No sabía en qué momento exacto había comenzado todo. Simplemente estaba dando un paseo nocturno por la ciudad. Sabía que la gente de allí no acostumbraba a hacerlo. “Cuestión de horarios, estarán acostumbrados a otro ritmo de vida”, pensaba él. Pero lo cierto es que en esa época del año, era extraño ver a nadie por las calles después del anochecer. Al llegar a la ciudad esto le pareció extraño pues, como en cualquier ciudad que se precie, había terrazas de bar y restaurantes varios. Incluso algunos locales y “afterhours” para tomar algo. Pero nunca había nadie.

Mientras un sudor frío le empapaba el rostro, trató de recordar nuevamente cómo comenzó todo. Recordaba haber salido de su estudio sobre las diez y media de la noche, esperando dar un paseo aprovechando la brisa nocturna y, quizá, tomando algo en alguna terraza. Hacía fresco y en el cielo aún había luz. La justa para vislumbrar pequeñas nubes que sobrevolaban las calles. Era verano, a fin de cuentas. Mientras cruzaba la calle principal hacia el gran puente, su parte favorita de la ciudad, vio cómo en algunos bares ya recogían las mesas y las sillas de las terrazas. “Otro ritmo de vida…”, pensó. Al pasar frente al bulevar, reconoció a un camarero que amablemente lo atendió la noche en que llegó a la ciudad. Lo saludó. Este dudó un par de segundos, pero le devolvió el saludo amablemente, aunque su rostro reflejaba perplejidad. “Normal, han pasado tres semanas y sólo me vio una noche.”, pensó él despreocupadamente. Al girar la esquina, se volvió para echar un último vistazo a la puerta del local, y vio que el camarero aún lo seguía con la mirada. Estaba muy lejos, pero le pareció ver una expresión de preocupación en su rostro.

Fue entonces cuando pasó frente al ayuntamiento, un gran edificio de aspecto imponente, a la par que antiguo. Uno de los edificios góticos más espectaculares de la zona, sin duda. Y de noche, a la luz de las viejas farolas y con una niebla baja proveniente del río, parecía todavía más imponente. Quizá fuera por el efecto de luces tenues y sombras retorcidas que cruzaban la fachada del antiguo edificio, pero se quedó embobado observándolo un largo lapso de tiempo. Sin duda, había algo en esta ciudad. En cada una de las calles principales, se podía uno encontrar una iglesia con este tipo de arquitectura. De día, eran un infalible sistema de referencia para orientarse si uno se perdía por las calles de la ciudad. Ahora, la luna brillaba detrás de las dos torres que culminaban esa antigua construcción. Pensó divertido que esa estampa le recordaba a la portada de algún videojuego que había jugado de niño.

Siguió avanzando, y se cruzó con un pequeño grupo de jóvenes que se acercaban a paso ligero en contra de su dirección. Hablaban bajo, y algunos miraban al suelo mientras sonreían levemente. Pasaron por su lado como el viento y casi sin hacer ruido. “Volverán de alguna terraza, seguro.”, pensó. Y decidió que la próxima noche saldría un poco antes, para intentar encontrar más ambiente. Ahora las calles estaban tan vacías… Inexplicablemente vacías para él, puesto que le parecía un clima espléndido para dar un paseo y tomar algo en alguna terraza hasta que se hiciera tarde. Pero está claro que en esa ciudad ya era tarde. De hecho, ya había oscurecido del todo. Días antes había comprobado, desde el jardín del hotel en el cuál se hospedó la primera semana, que hasta las once de la noche aún había luz en el cielo. Ya empezaba a ser tarde.

Pero ahí estaba el puente, con sus arcos de piedra a cada lado y sus cuatro carriles de circulación vacíos. Lo primero que le cautivó de la ciudad al visitarla por primera vez, fue el ancho río que la dividía en dos. Había dos grandes puentes para cruzarlo y, a menudo, se quedaba en medio para observar las aguas y los barcos que cruzaban por debajo de él. Cuando vio ese paisaje por primera vez, tuvo la extraña sensación de que ya había estado ahí antes. Sabía que ese sitio al que había llegado, casi por azar, no era “su sitio”. Pero sintió que, de algún modo, ya lo conocía y que estaría cómodo viviendo ahí una temporada. Como solía hacer, detuvo sus pasos al alcanzar la mitad del puente. Cerró los ojos y cogió aire enérgicamente, para sentir la humedad y la brisa, casi como si quisiera besarlas. Las aguas eran el único movimiento que enturbiaba el paisaje, mientras a lo lejos todos los edificios parecían dormir, del mismo modo que sus inquilinos.

Prosiguió con su travesía y llegó al otro lado del río. Ante él, tenía otra iglesia gótica. Esta le gustaba más porque era más simétrica y típica. No tenía una arquitectura tan retorcida como el ayuntamiento. Alzó la vista para observar las gárgolas que, silenciosas, observaban con diligencia la ciudad. Cruzó por delante del edificio y siguió más allá, esperando a ver si vislumbraba una terraza que había localizado una tarde paseando por esa parte de la ciudad. Fue entonces cuando tuvo esa sensación por primera vez. La extraña pero inconfundible sensación que inunda a alguien cuando sospecha que lo observan fijamente. Sin miedo a que nadie lo mirara extrañado, puesto que no había nadie en las calles a esa hora, se paró en seco y dio media vuelta para echar un vistazo detrás de él. Nada… Y, de hecho, dejó de sentir al instante esa extraña sensación. “Qué simples somos los humanos”, pensó divertido. Y siguió andando. Como hizo con el camarero, justo antes de girar en la esquina al final de la calle, se volvió para otear hacia la iglesia. Tras comprobar que, tal y como esperaba, el edificio seguía igual en su sitio (eso es lo que esperaba, pero sabía que si se había girado para comprobarlo era por algo), siguió caminando.

Ahí estaba la terraza. Y, como no, cerrada… se acercó a la puerta del bar para ver si había alguna indicación del horario que regía el local. No la había. Dedujo que seguramente cerraría sobre la misma hora que otros locales frente a los que había pasado durante su caminata. Sobre las diez y media. Demasiado pronto…

“Bueno, al menos he estirado las piernas”, pensó. Y se dispuso a dar la vuelta y regresar a su estudio. Apenas unos minutos después de haber reemprendido el camino de regreso, vio la iglesia de nuevo. Y decidió que estaría bien ir por otras calles, para ir conociendo más caminos. Él era de ese tipo de personas que desean estar preparadas, así que se estudiaba los nombres de todas las calles por las que pasaba. No solamente por él, por si nunca debía encontrar alguna. Sino por si alguna vez alguien le pedía orientación para encontrar una de ellas.

Se adentró pues, asegurándose de que seguía dirigiéndose hacia el suroeste de la ciudad, en una calle algo estrecha pero bien iluminada. Una única hilera de coches aparcados ocupaba un tercio de ella, a su izquierda. Y podía ver que otra iglesia lo esperaba al fondo, pues desde su posición ya podía divisar parte de su campanario terminado en punta. “¿Para qué tantas iglesias? ¿Hace falta una en casi cada calle?”, pensó algo molesto. Pero sabía que lo que lo malhumoraba no era ese hecho, sino el volver a tener esa extraña sensación de antes. Solo que esta vez no se giraría ni detendría su paso, seguiría adelante. Su memoria volvió a iluminarse y le recordó a cuando debía cruzar el pasillo que llevaba desde el comedor de su casa a su cuarto de juegos. Recordaba cómo de niño (y no tan niño) corría a encender la luz del cuarto de baño, justo a medio recorrido, y la apagaba segundos después para cruzar corriendo la otra mitad hasta llegar a su habitación. Y nunca, nunca, miraba hacia atrás. ¿Y quién no ha hecho algo parecido? Todo el mundo ha sentido eso alguna vez. Es como mirar debajo de la cama antes de dormir. O encender todas las luces posibles cuando en plena noche te diriges a la nevera a por una bebida. “Sí, el ser humano es tan simple…”, pensó. Pero no era tan divertido cuando sentías algo así de intenso en territorio desconocido. No al aire libre y sin nadie cerca.

Se dio cuenta de que apretaba ligeramente el paso. Quería llegar tan pronto pudiera a la siguiente esquina. Imaginaba que alguien lo miraba desde lejos y, que entre él y su observador había un hilo. Él trataba de destensar este hilo, y terminar cortándolo al girar la calle. Porque sabía que no era nada, que era una sensación irracional. Un desvarío. Y que cuanta más importancia se le da a estas cosas, peor. Ni siquiera se paró a observar la fachada de la iglesia que acababa de descubrir. Pasó ante ella como una exhalación, sin inmutarse.

Tras lo que pareció una eternidad, llegó la esquina hacia una nueva calle. Y, aunque apreció que se desviaba un poco de su dirección, la tomó sin dudar. Al doblar la esquina, sintió como desaparecía parte de la presión. Miró hacia el campanario de la iglesia que acababa de ignorar. Vio cómo una larga y puntiaguda sombra caía desde su campanario hasta parte de la fachada. Entonces le pareció ver algo. Un pequeño brillo a lo lejos, cerca del campanario. Miró su reloj. Eran más de las once, pero él sintió como si fuera más tarde. Pensó que quizá se empezaba a acostumbrar al horario y ritmo de vida local.

Decidió seguir esa calle hasta el final y luego coger el siguiente desvío para corregir su dirección. Él no era de los que retrocedía una vez tomaba un camino. De hecho, eso era casi una prohibición para él. No le gustó darse cuenta de que aún lo acosaba tenuemente la sensación de sentirse observado. Empezó a sentirse enfadado consigo mismo por ello. No tenía cinco años, precisamente…

Tras girar en el primer cruce, se alegró de ver el gran puente tan cerca. Solo que esta vez no se detendría a media travesía para observar el otro lado del río, como solía hacer. Ahora sólo pensaba en volver a casa y escribir. Sentía que debía escribir sobre esto, que podría ser un buen material si algún día quería escribir algún relato corto o quizá incluso guionizar un pequeño videojuego. Había empezado un guion años atrás, pero lo abandonó tras quedarse estancado en un punto que no sabía cómo resolver entre dos protagonistas. Era lo que le solía pasar. Parecía que sólo se le daba bien escribir sobre él mismo y sus musas. Eso le frustraba, pero por otro lado le parecía natural e incluso romántico.

El puente fue visto y no visto. Ya estaba de nuevo en la plaza del ayuntamiento. En unas horas, se montaría el mercado de los sábados y las calles se llenarían de clientes y curiosos. Pensó en el contraste, comparando cómo lucía en ese instante. Como comparar un pueblo fantasma con un parque de atracciones en plena temporada de vacaciones infantiles. Sintió cómo la brisa arreciaba y se metió las manos en los bolsillos del tejano. “¿Es que el viento siempre tiene que venirme de caras?”, pensó más molesto aún. Fue entonces cuando se sorprendió a sí mismo deteniéndose en seco y volviendo la mirada más allá del puente. Alcanzó a vislumbrar el campanario de la “nueva iglesia”. Le reconfortó observar que no se veía resplandor alguno en la lejanía. Se giró y siguió caminando, a un ritmo algo más lento. Entonces, volvió a detenerse y volvió a mirar hacia atrás, hacia el campanario. Tampoco veía la gran sombra que cruzaba la fachada del edificio gótico apenas unos minutos antes, cuando aún no había cruzado el puente. Siguió caminando mientras pensaba cómo era posible, siendo de noche, que una sombra cambiara de ese modo tan radical. Ninguna de las propuestas que su mente le sugería le pareció de su agrado…

Entonces, se terminó la lista de reproducción que estaba escuchando durante el paseo. Siempre solía caminar al ritmo de la música que escuchaba, avanzando veloz por las calles. Siempre excepto en esa ocasión… Se detuvo nuevamente para elegir otra lista en su móvil. Y durante ese instante de silencio, lo escuchó por primera vez, muy flojo. Era un sonido débil pero constante. Le recordó a un perro escarbando en la tierra. Se giró para ubicar la fuente, pero no logró encontrar el origen del murmullo que parecía crecer poco a poco, como si se acercara lentamente.

“Como en las películas… sentirse observado en una ciudad vacía y con ruidos raros de fondo”, pensó con sarcasmo. Pero no le hacía la más mínima gracia la situación, así que inició la reproducción de la primera lista musical que encontró, sin pararse a mirar cuál era, y retomó su marcha. Le pareció correcta su elección al empezar a escuchar un tema de Mike Oldfield que solía escuchar tiempo atrás cuando volvía de la universidad. Se quitó el auricular derecho del oído y lo dejó colgando por dentro de su camisa. Escuchaba ligeramente el murmullo detrás suyo mientras en su oído izquierdo sonaba “Nuclear”. Quizá no era un tema muy adecuado, a fin de cuentas, pero no sería él quien desviara su atención de la calle para elegir una lista más apropiada en su móvil, el cuál agarraba fuertemente dentro de su bolsillo izquierdo, sin darse cuenta.

Pasó por delante del bar dónde había saludado al camarero unos minutos antes. Aunque sentía que había sido hace horas. De repente, recordó la cara de preocupación que le había parecido ver en su rostro. Descartó la, a su parecer, falsa e injustificada sensación de piezas que encajaban en su mente. “La gente de allí, simplemente tiene otro ritmo de vida. No salen porque madrugan más que en otros países”, pensó. Pero la verdad es que su jornada empezaba a las ocho, como recordó seguidamente. ¿Era necesario entonces descansar tantas horas? Subió el volumen en su móvil ya que no podía bajar el de su mente dando vueltas a las cosas, cada vez de forma más retorcida. Pero seguía atento al murmullo, ahora apenas audible en su oído derecho.

Entonces sí vio un resplandor. Y lo vio delante suyo, sin tener que detenerse ni girarse hacia atrás. Un par de pequeños orbes brillaban a un centenar de metros delante de él, suspendidos frente el campanario de una iglesia. Un campanario que, por cierto, teñía la fachada con una larga y afilada sombra. La sensación de dejà vu lo golpeó y un sudor frío, ahora en su espalda, tiñó de negro los languidecientes esfuerzos de su mente por conservar la calma.

Comenzó a correr. Decidió en una décima de segundo que no le importaba qué eran esos resplandores. Con el movimiento brusco, el auricular izquierdo saltó de su oído y empezó a botar contra su pecho, por encima de la camisa. El murmullo aún lo seguía. Giró de nuevo su vista pero seguía sin ver de dónde venía el sonido. Al volver la cabeza hacia adelante de nuevo, sintió cómo se le encogía la garganta. En el campanario no había resplandor alguno. Ni tampoco sombra…

Empezó a marearse. Casi podía verse a sí mismo en tercera persona, corriendo por la oscura calle, ya sin atreverse a mirar atrás. De hecho, casi sin atreverse a desviar la vista del frente. Era el último cruce y ya llegaba a su calle. Entonces escuchó cómo el murmullo cambiaba tras él. No sólo se hizo más audible sino que también cambió su resonancia. Ya no parecía el escarbar de un perro. Le pareció que se asemejaba más a un sonido torpe, como el tropezar de un animal a la carrera. Se vio en tercera persona, corriendo, mientras una larga y puntiaguda sombra se arrastraba tras él, persiguiéndolo. Podía ver cómo desde los campanarios de la ciudad, más sombras puntiagudas descendían y se unían a la oscuridad que franqueaba la calzada, aumentando el tamaño de lo que parecía ser una gran sombra andante. Se maldijo por tener tanta imaginación, pero exhaló un gimoteo al ver la iglesia de San Germán frente a él. Su estudio quedaba a menos de doscientos metros, al final de un pequeño camino arbolado pasado el gótico edificio.

La sensación de mareo aumentó. Podía ver puntos blancos y el sudor le empapaba la espalda. No sentía nada de la fresca brisa que disfrutaba hacía apenas unos minutos. Notaba cómo los límites de su campo de visión se desenfocaban y oscurecían. Se maldijo por no estar más en forma. “Sólo una carrerita y ya sacas la lengua, como si tuvieras setenta años.”, refunfuñó para sí. De nuevo su memoria se disparó, y le vino a la mente un videojuego de terror que había jugado hacía un par de años. No había indicador alguno del estado de salud del protagonista. Cuando era dañado por un peligro, simplemente se emborronaba su visión. Si el jugador no iba con cuidado, la vista terminaba volviéndose una interferencia como las de los televisores antiguos, indicando así el fin del juego. Le recordó bastante a lo que vivía en sus carnes en ese mismo momento.

No aguantó más. Se recordó a sí mismo que ya no tenía cinco años y que no tenía que cruzar ningún pasillo hasta su habitación. De hecho, estaba a apenas cincuenta metros del portal de su edificio. Se obligó a detener el paso y buscó a tientas el llavero de acceso en su bolsillo derecho. Lo encontró rápidamente y lo observó un instante mientras lo sujetaba firmemente. Cuando le dieron la llave del estudio semanas atrás y vio que era el número trece, se rio para sus adentros pensando en que alguien más supersticioso pensaría que estaba gafado. Durante un momento, había perdido los nervios, pero ahora miraba sonriente el llavero, parado en el camino que llevaba al portal. Entonces, reparó en que el murmullo seguía tras él, ahora tenue y parecido a un escarbar, como al principio. La sonrisa se congeló en su semblante. Tragó saliva, alzó la vista hacia el portal y caminó hacia él a paso ligero.

Así había ido todo. “Como en las películas.”, se repitió con esa mueca pegada a la cara, como una triste parodia de lo que pretendía ser una sonrisa. Pero por suerte, todo iba a terminar muy pronto. “Menuda película que me he montado en un momento”, rio para sus adentros. En nada llegaría al portal y abriría la puerta de cristal. Ya tenía la llave preparada para hacerlo con un gesto rápido y entrar enseguida, cerrando la puerta tras él. Entonces, sentiría el alivio de aquél niño de cinco años cuando llegaba a su habitación tras correr la segunda mitad del pasillo a oscuras. Entonces dejaría de dar vueltas a por qué la gente no salía de noche en esa ciudad. Simplemente se bebería una cerveza fresca de la nevera, se pondría el pijama y escribiría su aventura. La guardaría como material que quizá algún día podría aprovechar. Ya podía ver en su blog la entrada con el relato. Casi tenía el título pensado. Sería un título corto, de pocas palabras, como siempre solía hacerlos.

Alzó su mano derecha con el llavero para abrir la puerta de cristal. El murmullo tras él cesó. Durante un instante que a él le pareció eterno, el silencio reinó de nuevo en la calle. Dejó de atenazarlo la sensación de ser observado y un escalofrío le recorrió la espalda, completamente empapada de sudor. El aire volvía a correr y suspiró al sentir la fresca brisa meciéndole el pelo. Entonces sintió una punzada ardiente en la nuca y se le nubló de nuevo la vista. Los puntos blancos se volvieron franjas y la oscuridad ganó terreno desde las fronteras de su visión. Sintió como si el zarpazo de una enorme garra invisible lo golpeara en el costado, desequilibrándolo y haciéndole caer de espaldas al suelo. Mientras observaba el negro cielo durante la caída, puso los brazos en cruz para no golpearse la cabeza, como había aprendido de niño en sus clases de Judo. Cuando tenía cinco años… Dirigió su mirada hacia sus pies y a duras penas alcanzó a ver con lo que le quedaba de vista cómo una sombra inmensa cubría toda la calle hasta su cuerpo. Podía sentir cómo los zarcillos de esa sombra lo sujetaban firmemente de los tobillos y trepaban por sus piernas. Empezó a sentir un dolor terrible. Como miles de agujas clavándosele hasta el hueso. Quiso gritar, pero sólo logró emitir un sollozo mientras veía cómo sus piernas eran aplastadas y la sangre comenzaba a teñir el asfalto.

A lo lejos, vio cómo varios orbes danzaban resplandecientes desde distintos campanarios de la ciudad, todos ellos sin sombra alguna. Vio como aparecían dos más frente a él, a apenas dos metros de su rostro. Echó la cabeza hacia atrás, rendido. La vista se le iba nublando más y más, a medida que la oscuridad ganaba terreno. Era tarde… más tarde de lo que parecía. Ya no sentía dolor, sólo el calor de su sangre, emanando de miles de diminutas heridas. Se vio por última vez en tercera persona, tendido en el suelo a apenas medio metro de su salvación, pero en el lado equivocado. Todo era oscuridad y ruido. Apenas podía moverse y sólo esperaba que todo terminase.

Ahora ya sabía por qué la gente de esa ciudad no salía de noche.

Sabía también que su agonía iba a terminar pronto. Y lo deseaba con todo el aliento que le quedaba en el cuerpo.

Se hizo el silencio y todo terminó.

Como en las películas.

Night