La carta que ella tenía en sus manos, escrita a bolígrafo azul con caligrafía temblorosa, decía:

“No puedo más. Creo que ya no siento lo mismo.

 Llevo tiempo tratando de aguantar pero no puedo continuar así. Hace meses que tengo la sensación de que seguimos juntos por pura inercia…

A veces, miro a otras parejas y las envidio. Se las ve tan felices y hacen tantas cosas juntos…

Recuerdo los primeros días contigo. La intensidad de nuestros abrazos, cómo agradecíamos cada minuto que pasábamos juntos y cómo contábamos las horas para volver a vernos. Cómo nos llevábamos broncas por faltar en casa o en clase, para alargar al máximo nuestro rato juntos.

Recuerdo los primeros veranos… cómo aprovechábamos nuestras vacaciones y cómo pasábamos el rato paseando, yendo de restaurante, tomando el sol en la playa, buscando un sitio tranquilo para sentarnos y mirar el paisaje mientras nos abrazábamos, sacando fotos absurdas que después borrábamos sin enseñarlas a nadie… 

Recuerdo los primeros inviernos… cómo nos abrazábamos en aquella cama tan pequeña, tapados con una triste manta pero sin pasar frío alguno. Cómo nos mirábamos mientras abríamos los regalos de navidad, con curiosidad y cautela para ver cómo reaccionábamos, esperando una expresión de sorpresa e ilusión. Cómo pasábamos noches al lado de la chimenea. Cómo llenábamos juntos la lista de propósitos para el próximo año.

Pero ahora, todo es rutina. Ya no salimos, ya no hacemos nada nuevo… Nos hemos estancado. Sólo hablamos de trabajo y de dinero. 

Pensar en lo que era nuestra relación y lo que es ahora, me entristece tanto…

Creo que quizá deberíamos dejarlo, antes de que las cosas vayan a peor.

Quizá no estamos hechos el uno para el otro…

No quiero que nos hagamos más daño sin sentido.”

Una lágrima golpeó casi en silencio la hoja de papel reciclado, descendiendo lentamente por la nota, rasgando el velo de tensión que se adueñó de la habitación. Las palabras habían evocado todos esos recuerdos tan vívidamente, que ella no pudo evitar sentir tristeza y pérdida… Eran solamente palabras, pero realmente, la angustia se había adueñado de su corazón a medida que las había ido leyendo. “El poder de la palabra…”, pensó ella, con amargura.

De repente, salió de su ensimismamiento al sentir una mano cálida alrededor de su cuello. Levantó la cabeza y miró a los ojos del autor de la carta. Él también lloraba, pero la acariciaba en el cuello y sonreía tímidamente al ver que su destinataria había entendido los sentimientos reflejados en el escrito. Ahora las lágrimas de ella eran las de él.

“¿Tú… también lo sientes?” – preguntó ella, tartamudeando un poco al tratar de contener el llanto.

Él no pudo hablar y simplemente asintió con la cabeza.

Se miraron a los ojos, llorando, durante lo que pareció una eternidad. Durante ese instante, ambos recordaron muchos más buenos momentos. Quizá entendieron durante un momento, que esos momentos ocurrieron porque compartían algo especial.

Ella, al fin, lo comprendió. Y su voz sonó muy fuerte en la habitación, tras tan largo silencio.

“Creo que es hora de un cambio de aires…” – dijo ella.

El rostro de él reflejó de repente miedo y dudas. Ella lo vio y continuó, con voz más suave.

“Creo que tenemos que hacer cosas nuevas.” – y sonrió.

La cara de él pasó del miedo a un cómico arqueo de cejas.

“No tenemos que compararnos con otras parejas. Creo que cada persona es diferente y cada relación es especial y única a su manera. Y desde fuera todo parece muy bonito pero seguro que todas las relaciones tienen sus momentos buenos y malos.” – continuó ella.

Él relajó su rostro y prestó aún más atención que antes, si cabe, como deseando evitar a toda costa perderse cualquier matiz en el discurso de ella.

“¿Por qué no pensamos un rato en algo que podamos hacer juntos en nuestro tiempo libre? Algo nuevo que nos pueda gustar a los dos y que podamos compartir. Algo que nos haga salir de esta rutina.”

Él no salía de su asombro y, tras quedarse en silencio mirándola pensativo, habló al fin.

“¿No crees que deberíamos dejarlo?”

Ella, ensombreció un poco su rostro y lo miró a los ojos de nuevo, sin sonreir, arqueando las cejas. Preguntó.

“¿Tú quieres dejarlo?”

La respuesta fue inmediata y determinante.

“No…”

Ella sonrió de nuevo, pues pensaba lo mismo. Y continuó:

“Entonces, lo mejor es que hablemos y miremos de encontrar maneras de mejorar nuestra relación, ¿no? Quizá no vuelva a ser tan intensa como al principio, pero quizá sea mejor en muchas otras cosas que antes no teníamos.”

Él volvió a quedarse pensativo durante lo que a ella le pareció una eternidad.

“Creo que tienes razón.” – dijo al fin, mostrando una sonrisa solemne y segura.

Entonces, se abrazaron. Fue un abrazo fuerte, incluso bastante largo. Y ambos pensaron lo mismo: no es intenso y cálido como los abrazos que nos dábamos hace años… Pero sonrieron en silencio. Porque ambos pensaban ahora en el futuro y no en el pasado. Volvían a tener objetivos y motivos por los que luchar juntos, y eso era suficiente.

¡De hecho era más que suficiente!

Ella, sin dejar de abrazarlo, dobló con una mano la carta y la guardó cuidadosamente en un bolsillo de su abrigo.

Entonces le susurró a él al oído:

“Gracias por hablarlo conmigo.”

Y lo besó en los labios.

Él volvió a llorar. Aún no era capaz de creer que lo que no había podido expresar hablando, lo había podido expresar mediante una carta. Le pareció una idea ridícula cuando la pensó. Había empezado a escribir esa carta como una despedida, pero al final había decidido dársela en mano, presa del miedo y la inseguridad. Mientras ella la examinaba, él no había dejado de temblar esperando la respuesta. Pero todo había cambiado cuando la primera lágrima cayó sobre el papel.

Ella volvió a rodearlo con ambos brazos.

“Te quiero.” – dijeron al unísono.

Se abrazaron más fuerte.

“El poder de la palabra…”, pensó ella en silencio, apartando delicadamente con la yema de sus dedos las lágrimas del rostro de él.

Al pensar la frase, viendo que de repente tenía otro sentido para ella, sonrió.

Y pensó que este abrazo era más cálido de lo que pensaba al principio…